Cui bono? O el arte de la reutilización de código

Cui bono? O el arte de la reutilización de código

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Es posible que un zapatero se pregunte si su disciplina es aplicable a un zueco, es posible que pueda llegar a pensar que a fin de cuentas no deja de ser un pie el depositario de su arte, por lo que tanta diferencia no puede haber.

Es posible que un zapatero se pregunte si su disciplina es aplicable a un zueco, es posible que pueda llegar a pensar que a fin de cuentas no deja de ser un pie el depositario de su arte, por lo que tanta diferencia no puede haber. Posiblemente su cliente le interrogue al respecto: “Es para un pie, muy diferente no puede ser”. El zapatero le responderá en virtud de su criterio y buen hacer: “Depende del pie”.

En informática existe algo parecido respecto al santo grial de la reutilización, la tendencia a creer que la similitud es sinónimo de equivalencia, y cualquier opinión en contra es un claro síntoma de rebeldía. “¿Es que mi pie es diferente de otros?” En un ejercicio de pragmatismo habría que pensar en las aplicaciones que se desarrollan: ¿Realmente hay parecido? ¿Cuál es ese parecido? ¿Es rentable el tiempo utilizado en adaptarlo? ¿O tantas readaptaciones implican más esfuerzo que el propio beneficio de volverlo a pensar y mejorarlo?

Una de las grandes ventajas de la informática es su diferente modelo de negocio, nunca había sido tan fácil crear réplicas del mismo producto. Cualquier modelo de negocio estaría encantado de poder hacer un “copy & paste” y tener un nuevo traje de diseño. Aunque por otro lado, el exceso de esta posibilidad haya sido su gran problema.

Resulta lógico pensar que una aplicación médica y una industrial no guardan gran parecido y, de hecho, es poco probable que haya código que compartir. Entre dos aplicaciones médicas es posible que exista esa posibilidad, pero, teniendo en cuenta la gran diversidad de ramas médicas, quizás ese esfuerzo sea un poco espurio. Quizás, los mejores ejemplos son los independientes de la propia aplicación. Por ejemplo, el envío de un correo electrónico es simplemente el envío de un correo electrónico, y tampoco importa realmente la aplicación que lo genere.

Es cierto que hay código que puede volverse a usar, de hecho es lo deseable, pero no es una obligación a la que haya que atenerse como piedra filosofal. El plomo a veces es útil y el oro no tan valioso si el plomo está aplicado en su mejor versión.

Realmente, en su propio concepto resulta confuso crear algo nuevo basándose en algo hecho. Así que, basándose en esta premisa, ¿verdaderamente cuánto código se pude reutilizar? Esta es una filosofía que muchos defienden, buscando un complicado compromiso entre el beneficio empresarial y el intangible y desdeñado beneficio técnico que siempre se termina apreciando a largo plazo. Posiblemente, una de las arquitecturas que mejor hayan expresado este concepto sea SOA, pero incluso esta tiende ahora mismo a su mínima expresión a través de los microservicios para poder seguir siendo fiel a su propia filosofía.

La reutilización muchas veces tiende a caer en el error de su propia definición. La cuestión que subyace no es tanto abrazar el santo grial de la reutilización como saber cuándo conviene más hacer que rehacer, cuándo reutilizar aporta el beneficio esperado y cuándo hacer aporta un beneficio tangiblemente mayor.

Josu Uribe

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